Viendo el mundo con un poco de locura




La leyenda de San Pedro

Categoría : Historias Oct 14, 2016

caminante

Cuenta la leyenda que un día como hoy pero hace más de 60 décadas San Pedro comenzó a recorrer un camino pedregoso y polvoriento. Un camino largo con destino incierto, un camino donde el alba marcaba su final.

En este camino San Pedro pasó por un pequeño pueblo llamado El Roto. Un pueblo con demasiado movimiento y disturbios, pero en medio de tanto alboroto alguien llamó su atención. Un pequeño niño que mientras todos corrían él pensaba, mientras todos peleaban el reflejaba una sola cosa: amor, un niño con luz propia.

San Pedro fue asaltado por la curiosidad y se acercó para platicar con él. Fue una charla corta, de unas cuántas palabras; suficientes para ganar la confianza del niño. Como agradecimiento el pequeño quiso presentarle su más grande tesoro: su mamá. Una mujer con cara angelical y una paz que se contagiaba. Pasó el resto de la tarde comiendo y conviviendo con ambos. Hasta que llegó la hora de seguir su camino así que echó a su maleta un poco de amor y otro poco de paz.

Caminó varios kilómetros hasta la salida de la ciudad, donde se encontró con un cuidadoso jardinero, y algo llamó su atención ¡era jardinero de una sola flor! Habían más flores a su alrededor pero solo regaba una. Movido por la curiosidad San Pedro preguntó:

– Buen jardinero ¿por qué habiendo más flores a tu alrededor sólo riegas una?
– Es porque esta delicada flor es mágica. Es una flor que sus frutos son consejos, respondió el jardinero.

Lleno de incredulidad San Pedro le dijo al jardinero: Si tu flor es capaz de darme un consejo te daré 10 monedas de las que traigo conmigo. Antes que el jardinero pudiera responder, la flor se adelantó diciendo: Mi querido caminante… si al final de tu camino quieres llegar una moneda a la vez debes cuidar porque largo camino te espera.

El jardinero sin aceptar las monedas y con una sonrisa sincera despidió a San Pedro, quien con sus 10 monedas y un consejo extra en su mochila siguió por su camino.

Caía ya la noche cuando San Pedro entraba al pueblo de Perenné y era momento de buscar dónde descansar. Los rostros ya no se distinguían por la oscuridad pero un hombre de aspecto recio salía a buscar un poco de alimento, San Pedro se le acercó para preguntarle por un lugar donde  pudiera pasar la noche; a lo que el hombre respondió con una invitación a cenar.

Al llegar a la casa del hombre, su esposa ya lo esperaba con una humilde cena complementada con lo que había salido a comprar. Solo dos sillas en la mesa y un silencio poco común fue lo que robó la atención de San Pedro. Era una pareja sin niños y a manera de reemplazo parecían haber cortes de telas. Esta pareja no solo brindaba hospedaje, como lo hizo con San Pedro, sino que daba cobijo y arropaba a los más necesitados del pueblo. Una plática amena y una buena sopa disfrutaron para después despedir al visitante y este fuera a descansar.

Muy temprano por la mañana, antes de salir de la casa que había sido su refugio por una noche; San Pedro se inclinó cerca de la puerta y dejó 10 monedas para recompensar a la pareja, no por ayudarlo, sino por tener tan noble misión con quienes más lo necesitaban.

A pocos kilómetros de salir de Perenné San Pedro se detuvo a observar en un rancho dos caballos con un espíritu salvaje e indomable. El cuidador de los caballos lo vio a lo lejos y se acercó para iniciar una plática.

– Veo que estos caballos tienen un espíritu salvaje. Fue como comenzó San Pedro la conversación.
– Efectivamente mi amigo, estos jóvenes caballos son salvajes, pero me he dado a la tarea de cuidarlos, educarlos y de hacerlos más dóciles. Preparándolos para hoy. Hoy los liberaremos a la vida salvaje ¿le gustaría acompañarme?
– Por supuesto, respondió San Pedro.

Juntos se dirigieron a unas montañas cercanas rodeadas de ríos y llenas de vegetación. El lugar ideal para liberar a estos jóvenes potrillos. Liberaron los caballos y estos cabalgaron con la fuerza de su juventud, cada uno en direcciones diferentes y con un relincho se despidieron de su fiel cuidador y de su nuevo amigo.

El espíritu indomable de estos caballos es lo que los hará fuertes en la vida salvaje, le comentó el cuidador a San Pedro. Recuerde, mi querido amigo, que la fuerza de la juventud es el motor para el alma con ganas de conquistar con la pureza de corazón.

Después de esto San Pedro siguió su camino, con una nueva enseñanza en su mochila y con el único objetivo de llegar a su última parada: la casa vieja de madera.

Antes de que el sol se pusiera llegó, por fin, San Pedro a la colina, donde el olor de la madera envolvía el ambiente. Había llegado a la casa donde había pasado su niñez, donde hoy una figura de un anciano cansado por el paso de los años se mecía sobre su silla. Cansado pero con una lección todavía por dar:

– Escucha San Pedro, la mochila que has cargado en tu viaje está llena de tesoros más valiosos que el dinero y tan ligeros como tus pensamientos. Guarda cada parada en este camino, cada persona, cada enseñanza, cada consejo y cada tropiezo porque este camino lo recorrerá alguien detrás de ti y entonces serás tú quien comparta lo que guardaste en tu mochila.

Así fue como llegó a su fin esta etapa en el viaje de San Pedro, con un largo camino recorrido, con una mochila cargada de enseñanzas y el ánimo lleno para seguir con una nueva etapa de su camino. Esta es la leyenda de San Pedro. Una leyenda de la cual el mundo nunca fue digno.

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